Me pregunto cuánto de lo que sentimos frente a una tragedia es genuinamente nuestro. ¿Cuánto de nuestra furia, de nuestro pedido de castigo, nace de nuestras entrañas y cuánto es el resultado de un guion que nos han escrito de antemano?
Por Diana Márquez
Como sociedad, nos movemos en un ambiente donde, mientras intentamos desesperadamente salir adelante después del golpe, los medios de comunicación y la industria del entretenimiento machacan hasta el cansancio mensajes de desesperanza. Si dejamos que estos mensajes operen sobre nosotros, si permitimos que colonicen nuestro discernimiento, terminamos convirtiéndonos en personas sin grandeza, ciegos ante el otro, habitando un mundo donde solo cabe la ira y el desprecio. Es lo que, retomando la metáfora del filósofo Richard Rorty y aplicándola a la Justicia Restaurativa, suelo llamar "rascar donde no pica": explorar aquello que hemos normalizado tanto que ya ni siquiera nos genera preguntas. Y hoy, lo que urge cuestionar es cómo nos han formateado para entender el conflicto y, sobre todo, para desear la justicia.
Sostengo, con la convicción que me da la práctica diaria en las intervenciones restaurativas, los comités de las cárceles y las mesas de mediación, que la sociedad occidental está "formateada" para ver el conflicto como algo que solo se resuelve por las malas. Desde niños, nos han educado a través de películas, series de juicios y noticias sensacionalistas para creer que la paz es la ausencia del "malo" y no la presencia de la convivencia. Este formateo construye un marco de valores morales donde el diálogo es visto como una debilidad, una especie de candidez peligrosa, y el castigo se erige como la única forma de redención posible. Nos han enseñado a mirar el mundo en términos binarios: buenos contra malos, civilización contra barbarie, vencedores contra vencidos. Pero en la vida real, en ese barro complejo de los conflictos humanos, esas categorías estallan por todos lados. El problema es que, cuando el sentido común está colonizado por este espectáculo, dejamos de ver personas para ver personajes. Y a los personajes no se los restaura, no se les pide que se responsabilicen; a los personajes se los descarta, se los tacha, se los hace desaparecer.
Históricamente, se nos ha enseñado que el "pacificador" es el que dispara primero. En el Lejano Oeste, el revólver se llamaba, precisamente, Peacemaker (El Pacificador). Era el Colt 45, un instrumento de acción simple para la resolución inmediata de conflictos. En esa lógica, solo había dos categorías de participantes: los rápidos y los muertos. Hoy, ese revólver ha sido reemplazado por el micrófono y la cámara. Los medios refuerzan a diario esta idea de que la justicia es una carrera de velocidad para ver quién golpea más fuerte. Rara vez se presenta el conflicto como una oportunidad de cooperación o de reconstrucción del tejido social. Casi nunca se usa esa mirada que entiende la crisis como una oportunidad de cambio. Por el contrario, el mensaje mediático —y muchas veces político— es simple y atrozmente contundente: a quien hizo mal, hay que devolverle el mal con creces. Es la ley del ojo por ojo que, como decía Gandhi, solo nos dejará a todos ciegos. Y lo peor es que esa ceguera nos impide ver que quien cometió el daño —ese otro de carne y hueso que tenemos enfrente— es también parte de nuestra comunidad. Si lo destruimos, estamos rompiendo un pedazo de nuestro propio entramado.
La tragedia, cuando entra en el circuito de los medios, se despoja de su humanidad para convertirse en un objeto de consumo. Es la justicia convertida en show, en algo que se consume con el café o el mate, mientras se opina desde la comodidad del living. Pero esa comodidad convive con una extraña incomodidad que nos habita y que tiene formas precisas: es la culpa de sabernos voyeurs de un dolor que no nos pertenece; es la impotencia de ver el horror y sentir que no hay nada por hacer, una parálisis que el sistema traduce rápidamente en sed de venganza para calmarnos; y es, sobre todo, la sospecha de que al mirar a través del cristal estamos perdiendo nuestra propia capacidad de conmovernos de verdad. Esa incomodidad nos duele, pero muchas veces nos impide apagar la pantalla porque el show nos ha convencido de que mirar es participar, cuando en realidad mirar, en ese contexto, es solo consumir. En este espectáculo, la víctima, en muchos casos “en carne viva, en solo emoción”, es expropiada de su voz. El sistema y los medios necesitan una "víctima ideal": alguien que debe gritar, llorar y pedir sangre para ser validada socialmente; no hay espacio ni reflexión posible. Se nos dice que una persona abusada no se recompone más, quedando para siempre cristalizada como una persona rota; que un asesinato nos obliga a convertirnos en seres macabros y vengativos. Si una víctima se sale de ese guion y decide hablar de paz o de un encuentro restaurativo, el espectáculo se interrumpe porque el diálogo no genera el mismo rating que la furia.
Necesitamos desarticular esta mirada vindicativa. Debemos deconstruir este "sentido común" mediático para hacerlo renacer en otro que contemple la compasión y la responsabilidad compartida. Sé que hablar de rehumanización o de vínculos produce desconfianza en infinidad de ámbitos —judiciales, políticos, comunitarios—, pero estoy convencida de que la justicia restaurativa necesita rescatar esa dimensión humana, esa capacidad de vernos como parte de un entramado colectivo, como iguales, para ser realmente efectiva. Sin una mirada que reconozca la humanidad del otro —tanto de la víctima que necesita sanar como del ofensor que debe responsabilizarse— seguiremos transitando los mismos caminos de violencia creyendo que estamos abriendo unos nuevos.
El desafío es enorme, casi demencial, en un mundo que prefiere el titular estridente al abrazo reparador. Pero desde organizaciones potentes y con objetivos claros como Víctimas por la Paz, elegimos no ser los Sísifos de la venganza. Elegimos ser protagonistas de nuestra vida, quitarnos la etiqueta de "víctimas rotas" y proponer un diálogo que los medios todavía no saben cómo filmar. Porque, al final del día, la seguridad no es un patrullero en cada esquina ni una condena que nos deje tranquilos por un rato. La seguridad es convivencia y el dolor, cuando se colectiviza y se transforma, se vuelve profundamente político. Tras mirar y ver con detenimiento, sé que esa arquitectura de paz que tanto nos debemos solo empezará a construirse cuando finalmente apaguemos la pantalla y aceptemos el desafío de mirarnos a los ojos.
Diana E. Márquez
Presidenta de la Sociedad Argentina de Justicia Restaurativa (SAJuR)
Coordinadora Nacional de Víctimas por la Paz
Secretaria de la Cooperativa de Trabajo Liberté
Directora del Área de Justicia Restaurativa de la Asociación Pensamiento Penal
Especialista en Justicia Restaurativa
Abogada y Escribana (UNLP), Mediadora Prejudicial (MJBA), Especialista en Mediación Familiar (CIJUSO)