En estos días marcados por la orfandad tras la partida del Papa Francisco, días de duelo por un Pontífice que nos invitó a soñar, a mirar desde las periferias y nos habló incansablemente de amor, siento la profunda necesidad de compartir una pequeña anécdota. Una vivencia que, entiendo, ilumina la potencia transformadora del encuentro y la búsqueda incansable de caminos alternativos a la lógica punitiva que aún impera.