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Sobre estas ideas y cómo citarlas

Lo que sigue son ideas, conceptos y expresiones propias de Diana Márquez, surgidas de su práctica en justicia restaurativa y de su trabajo con víctimas y con personas privadas de la libertad. Son de uso libre para pensar, debatir y difundir.

Si las reproducís, atribuilas

«Lo contrario a la inseguridad no es la seguridad: es construcción de convivencia.» — Diana Márquez, Coordinadora Nacional de Víctimas por la Paz (dianamarquez.org).

Cita académica: Márquez, Diana. «[nombre del concepto]», dianamarquez.org/ideas.

Seguridad ciudadana y sistema penal

La seguridad es convivencia

«Lo contrario a la inseguridad no es la seguridad: es construcción de convivencia. No es un patrullero en cada esquina ni una condena que nos deje tranquilos por un rato; es un espacio donde el entramado social nos contenga a todos, víctimas y ofensores. Queremos convivencia, y la seguridad deriva de ella.»

Nos han formateado para creer que el conflicto se resuelve «por las malas» y que la justicia funciona como una hoja de cálculo donde un número te lleva inexorablemente a una celda. Pero esa es una fantasía peligrosa que ignora las historias de vida y los contextos de exclusión. Cuando entendemos que el delito es, en el fondo, un vínculo social roto, comprendemos que la verdadera justicia no se agota en encerrar a alguien, sino en intentar recomponer esos lazos y sanar las heridas de todos, incluida la comunidad.

Justicia restaurativa: el método

El derecho a pedir perdón

«Quizás suene extraño, porque la sociedad siempre espera que el derecho sea a dar el perdón, pero existe una profunda necesidad humana de pedir perdón. No como una estrategia judicial, sino como un puente honesto para hacerse cargo del daño causado.»

Hay personas que han cometido errores terribles y que, desde un proceso de profunda reflexión interna, necesitan mirar a la víctima a los ojos para asumir su responsabilidad. El perdón es un acto personalísimo y nadie está obligado a otorgarlo, pero restarle valor a esa necesidad es negar nuestra propia humanidad. Ofrecer alternativas para que quien ofendió pueda expresar un arrepentimiento sincero es devolverle el sentido común y la dignidad a la justicia.

Las víctimas, el dolor y la esperanza

Ser protagonista de la propia vida

«El corazón de nuestro camino es dejar de ser definidos por el delito que sufrimos para volver a ser protagonistas de nuestra propia vida. Ese es el "salto cuántico": tomar las riendas con nuestras mochilas y cicatrices a cuestas, y decidir que el dolor no tendrá la última palabra.»

El sistema penal tradicional muchas veces congela nuestra historia y reduce nuestro dolor a un simple instrumento de prueba dentro de un expediente. Dar este salto implica rebelarse contra esa lógica y transformar la herida en una fuente de empatía y de compromiso con la paz. No significa que el camino sea fácil ni que los dolores desaparezcan, sino que elegimos corrernos del lugar de la victimización y la revictimización para empezar a construir activamente.

Seguridad ciudadana y sistema penal

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La «puerta giratoria» es un eslogan, no un diagnóstico

«Vivimos tiempos donde los eslóganes pegadizos, como el de la "puerta giratoria", ganan terreno en discusiones tan serias como la seguridad. Bajo un manto de aparente firmeza, esconden un profundo desprecio por la complejidad de los problemas sociales y por la dignidad humana.»

Las respuestas fáciles prometen prisión automática ante la segunda falta, como si la justicia fuera una fórmula mágica. Pero detrás de cada «caso» hay historias de vida, contextos de exclusión y, muy a menudo, un Estado que llegó tarde o nunca llegó con oportunidades. No caer en estas trampas simplificadoras es una obligación, sobre todo para quienes hemos vivido el dolor en carne propia.

La justicia no es una planilla de Excel

«La idea de que a los jueces hay que darles "un Excel y no un Word" es, francamente, aterradora. El Derecho, en su esencia, es un "Word" lleno de matices, de principios, de humanidad; no una fría tabla donde un número te lleva inexorablemente a una celda.»

Reducir la tarea judicial a marcar casillas es vaciar de contenido la Constitución, los códigos y los tratados de derechos humanos que tanto nos costó conseguir. Es pedirles a los jueces que renuncien a su rol de garantes de derechos para convertirlos en meros ejecutores de una política carcelaria deshumanizada. La ley se interpreta, se contextualiza y se aplica considerando las particularidades de cada ser humano.

¿Alguien sale mejor de un infierno?

«Las cárceles superpobladas, insalubres y violentas no disuaden a nadie; al contrario, son escuelas de resentimiento y de perfeccionamiento delictivo. ¿Realmente creemos que alguien sale mejor persona de un infierno?»

¿O simplemente estamos pateando el problema para más adelante, cuando esas personas regresen a la sociedad inevitablemente más dañadas y con menos herramientas para una vida digna? La crisis carcelaria es un problema del Estado y de toda la sociedad, porque sus consecuencias nos afectan a todos. Invertir en condiciones dignas de detención no es un lujo: es la única forma de que la pena cumpla algún fin más allá del castigo.

Construir responsables, no buscar culpables

«Necesitamos menos políticas basadas en el miedo y más basadas en la inteligencia y la empatía. Dejar de buscar culpables y empezar a construir responsables. Dejar de gritar eslóganes y empezar a dialogar en serio sobre qué sociedad queremos ser.»

Esto no significa impunidad. Significa entender que el delito es, en el fondo, un vínculo social roto, y que la verdadera justicia no se agota en encerrar a una persona, sino en intentar recomponer esos lazos y sanar las heridas de todos los involucrados, incluida la comunidad. Solo recuperando la humanidad de nuestro sistema de justicia podremos aspirar a una convivencia real.

El sistema penal no muestra el delito, muestra el sistema penal

«El sistema penal no representa la realidad del delito, sino la realidad del sistema penal. Los delitos económicos no llegan; lo que llega es lo que se decidió perseguir.»

Lo que vemos en las estadísticas no es el mapa del daño real, sino el mapa de las decisiones de persecución: qué se busca, qué oficinas y fiscalías se crean, qué conductas se visibilizan. Confundir una cosa con la otra nos lleva a discutir la inseguridad con un espejo deformado, y a pedir más de lo mismo donde haría falta otra cosa.

La reincidencia, ese mito

«Esa serialidad de la que se habla no es real. Desagregados los datos, la reincidencia en los delitos contra la integridad sexual es del 0,1%. Trabajar para que no haya una próxima víctima no es ser blanda: es lo único que de verdad nos cuida.»

En la Argentina las estadísticas son difíciles, pero los números desmienten varios mitos: que estos delitos tienen las tasas más altas de reincidencia, que quienes los cometen son irrecuperables, que ocurren entre desconocidos. La enorme mayoría son intrafamiliares y la reincidencia es mínima. Si seguimos pensando que con esas personas «no se puede hacer nada porque son monstruos», garantizamos que salgan igual a los seis años.

Punitividad: sumar dolor al dolor

«La punitividad, como la definía Nils Christie, es la capacidad de infligir dolor: sumar dolor al dolor. Por eso me estremece el folclore del "que lo violen en la cárcel": esperamos de la sociedad exactamente lo mismo que estamos condenando.»

Cuando reclamamos para el otro la misma crueldad que repudiamos, la línea entre la defensa social y la venganza se vuelve peligrosamente delgada. Sumar dolor nunca neutraliza el dolor: lo multiplica. Reconocerlo es el primer paso para salir del círculo en el que terminamos destrozándonos entre nosotros.

Justicia restaurativa: el método

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Rascar donde no pica

«Es explorar aquello que como sociedad hemos normalizado tanto que ya ni siquiera nos genera preguntas. Urge cuestionar cómo nos han formateado el discernimiento para entender el conflicto y, sobre todo, para desear la justicia.»

Desde niños, los medios de comunicación y la industria del entretenimiento nos machacan con un guion preescrito de furia, desesperanza y venganza. Si permitimos que esos mensajes colonicen nuestra voluntad, terminamos ciegos ante el otro, creyendo que la única salida es devolver el mal con creces. «Rascar donde no pica» es el ejercicio incómodo pero vital de apagar la pantalla, mirarnos a los ojos y animarnos a buscar un camino reparador donde el sistema nos dice que solo cabe la ira.

Diálogos artesanales

«Los encuentros restaurativos no se pueden meter en una receta fija ni estandarizar; son diálogos artesanales que se construyen a medida, con extremo cuidado y escuchando las necesidades reales de cada persona involucrada.»

Frente a la frialdad de una estructura judicial que solo busca una «verdad procesal», nosotros nos dedicamos a generar un espacio contenedor donde la palabra y el silencio se entrelazan para tejer la posibilidad de reparar lo que parecía inalcanzable. No se trata de improvisar, sino de humanizar el conflicto caso por caso, persona por persona. De esos encuentros nadie emerge indemne: nos confrontan con nuestra capacidad de hacer daño, pero también con nuestro inmenso potencial de sanación.

Arrepentimiento sustancial

«El arrepentimiento sustancial es un proceso honesto y profundo hacia la verdad real de la persona. No tiene nada que ver con la estrategia judicial de decir palabras ensayadas en un juicio abreviado solo para conseguir que te bajen la condena.»

En el cotidiano de la justicia retributiva abunda el arrepentimiento procedimental: un trámite formal para cambiar la condición en el expediente, que para nosotros no tiene un valor real. El arrepentimiento sustancial, en cambio, se transita lejos de cualquier conveniencia de estrategia jurídica. Es el espacio donde la persona asume plenamente su conducta dañosa, incorpora a la víctima en su reflexión y empieza un verdadero trabajo interno hacia la reparación.

De a un corazón por vez

«La justicia restaurativa en su máxima expresión es esa que nace del alma y tiene el poder de cambiar el mundo; pero no lo hace con grandes fórmulas mágicas, sino de a un corazón por vez.»

Incluso en medio de la desolación o de la oscuridad más profunda, la capacidad de amar, perdonar y buscar la restauración del otro ser humano puede emerger con una potencia transformadora. Cuando logramos desandar el dolor, se genera un nudo en la garganta que no ahoga, sino de esos que liberan y ensanchan el pecho. Nos demuestra que hay otros caminos posibles de sanación y encuentro que ninguna condena fría, por sí sola, nos va a ofrecer jamás.

El amor como categoría de la justicia

«Reivindico una palabra devaluada y olvidada por los códigos: el amor. La justicia restaurativa necesita amor, una mirada amorosa sobre el conflicto y sobre las personas.»

Las dos preguntas que reparan

«Mi vocabulario básico al facilitar un encuentro cabe en dos preguntas: "¿Qué te haría sentir reparado?" a quien sufrió el daño, y "¿Cómo repararías lo que hiciste?" a quien lo causó.»

Será creativa o no será nada

«La justicia restaurativa será creativa o no será nada. No se puede meter en una receta fija: cada encuentro se construye a medida, escuchando las necesidades reales de cada persona.»

Las víctimas, el dolor y la esperanza

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Elegimos no ser los Sísifos de la venganza

«Nos negamos a cargar eternamente con la piedra del rencor, empujándola cuesta arriba para verla caer una y otra vez en el mismo ciclo de violencia. Elegimos quitarnos la etiqueta de "víctimas rotas" y proponer un diálogo transformador.»

El desafío es enorme, casi demencial, en un mundo que prefiere el titular estridente y el castigo infinito al abrazo reparador. A veces, cuando un hecho violento es amplificado de manera exponencial por los medios, da la sensación de que nuestro trabajo se descorazona y volvemos a cero. Pero persistimos, porque sabemos que las violencias se suman y se potencian, nunca se neutralizan. Elegimos colectivizar el dolor y transformarlo en una acción profundamente política y humana para construir la paz social.

No hay una sola voz de las víctimas

«Se pretende instalar que todas las víctimas pensamos igual, que todas clamamos por más encierro y menos garantías. Pero las víctimas somos diversas. Usar nuestro dolor como un cheque en blanco para justificar políticas punitivas es una falta de respeto a nuestra inteligencia.»

Desde la experiencia de quienes sufrimos delitos y aun así buscamos caminos de pacificación, puedo decir que muchos queremos que se vigile y se evite la tortura, porque la crueldad estatal no repara ningún dolor: solo genera más violencia. El problema no es que se gaste en proteger derechos; el problema es creer que hay una sola voz autorizada para hablar en nombre del dolor.

Nadie es igual al peor acto que cometió

«Cada persona no es igual al peor acto que cometió en su vida. Y quienes hemos recibido semejantes violencias tampoco queremos que eso nos defina, ni convertirnos en lo peor de una sociedad que muchas veces está rota.»

Es la afirmación más difícil de sostener y, a la vez, la más necesaria. No borra el daño ni lo relativiza: lo reconoce en toda su gravedad y, aun así, se niega a clausurar a una persona en su peor momento. Desde ahí —y no desde el monstruo que imaginamos— es desde donde algo puede empezar a transformarse.

La esperanza siempre ahuyenta al miedo

«La esperanza siempre ahuyenta al miedo. Y la mía no es una esperanza vana: parte de haber trabajado yendo a los lugares donde la humanidad, así como la conocemos, parece haberse perdido.»

En esa oscuridad —las cárceles, las personas que han generado mucho daño— es donde creo que uno puede hacer la diferencia. La diferencia que sostiene esa frase que me mueve: «no quiero que a otros les pase lo que me pasó a mí».