ES · EN
DM.
● Borrador en revisión · no público — solo visible con la clave de vista previa
Volver a Ensayos y crónicas

La esperanza siempre ahuyenta al miedo

Frente al delito nos venden un solo camino: el castigo y el miedo. Pero frente a cada daño hay otro —el de reparar—, y funciona: en Liberté, después de diez años, quienes sostienen el proceso no reinciden. La esperanza no es ingenuidad; es elegir el camino que repara.

💬 Modo revisión. Tocá “Comentar” debajo de cualquier párrafo para dejar tu observación o propuesta. Se guarda sola; después la aplicamos. En cada comentario vas a ver si ya lo aplicamos (verde “✔ Leído y aplicado”) o si sigue pendiente (amarillo “⏳ Pendiente”), con una nota nuestra cuando hace falta.

Borrador de FORMATO · no público

Diana: es la misma nota que aprobaste —no cambié ni una palabra del texto—. Solo le di el formato académico (como «Rehumanizar»): sumé un subtítulo, tu línea de autoría, un Resumen, palabras clave, títulos de sección y notas al pie que documentan los datos. Volvió un ratito a borrador solo para que apruebes el formato; con tu OK la republico limpia.

Lo único que necesito que confirmes está en rojo en las notas al pie 2 y 4: de qué entrevista salieron el 0% de reincidencia y el caso de Tandil. Si el formato te cierra, decime y saco este aviso.

Frente al daño, dos caminos: multiplicar el dolor o repararlo.

Diana Márquez — Coordinadora Nacional de Víctimas por la Paz, presidenta de la Sociedad Argentina de Justicia Restaurativa (SAJuR) y secretaria de la Cooperativa de Trabajo Liberté.

Resumen. Frente al delito, el sentido común punitivo ofrece un único camino: más castigo y más miedo. Escrito desde la práctica de la autora entre los muros y junto a las víctimas, este ensayo sostiene que ante cada daño hay siempre una bifurcación —multiplicar el dolor o repararlo— y lo muestra con dos experiencias reales: la Cooperativa de Trabajo Liberté, con 0% de reincidencia tras diez años, y el caso de un padre de Tandil que respondió al daño construyendo una bicicletería social en lugar de reclamar cárcel. Argumenta que el camino de la reparación baja la reincidencia y protege también a las víctimas y a la comunidad, y concluye que la esperanza, lejos de ser ingenuidad, es la elección deliberada del camino que repara: por eso ahuyenta al miedo.

Palabras clave: justicia restaurativa – reincidencia – reparación – convivencia – víctimas – esperanza


Hay una palabra que estos días se nos cuela en todo: el miedo. Nos lo sirven en cada titular, en cada eslogan de mano dura, en cada promesa de que con más castigo vamos a dormir tranquilos. Como si, frente al delito, hubiera un solo camino posible: el de devolver dolor con más dolor. Y yo quiero, hoy, contarles que siempre hay otro. Porque hace años que trabajo —voluntariamente— entre los muros, del lado de las víctimas y también del lado de quienes ofendieron, y aprendí algo que no estaba en ningún libro: frente a cada daño hay dos caminos, el que multiplica el dolor y el que se anima a repararlo. Y cuando alguien elige el segundo, la esperanza termina ahuyentando al miedo.

El segundo camino se construye

Ese segundo camino no se decreta: hay que construirlo, y ya tiene lugares donde está probado que funciona. Quiero hablarles de Liberté1, la cooperativa de trabajo que nació dentro de una cárcel y que hoy es, lo digo sin vueltas, un ejemplo de lo que podría ser un modelo virtuoso carcelario. En sus diez años de vida, las personas que sostienen el proceso —las que se comprometen y lo sostienen en el tiempo, no de paso, sino al menos durante un año— tienen 0% de reincidencia2. No vuelven a delinquir, y no porque alguien las vigile más de cerca. El encierro no te quita solo la libertad: te arranca el nombre, los vínculos, la certeza de que servís para algo, la sensación de pertenecer a alguna parte. Y lo que esas personas encontraron en Liberté es, justamente, eso que se les había arrancado: una comunidad que las sostiene, adentro y afuera de los muros; una estructura que no se derrumba; contención y acompañamiento cuando todo aprieta; la posibilidad —tantas veces negada— de aprender otra manera de pararse frente a la tensión y el conflicto, una que no termine siempre en violencia. Una mesa donde volver a ser parte. Un lugar donde, de nuevo, alguien cuenta con vos.

La misma bifurcación, del lado de una víctima

Pero esa bifurcación —reparar o multiplicar el dolor— no se le presenta solo a una cárcel o a una cooperativa: se le presenta, y de la forma más descarnada, a cada persona que fue dañada. Y la vi resolverse del lado más difícil, el de una víctima. Déjenme bajarlo a una escena concreta. En Tandil, mi ciudad, un grupo de chicos de un barrio dejó a otro chico en terapia intensiva. El padre de ese chico —Sergio Núñez, que hoy camina con nosotros en Víctimas por la Paz3, y cuyo hijo hoy está bien— podría haber elegido el camino que cualquiera entendería, el que la bronca pide a los gritos: que se pudran en la cárcel los que lo dañaron. Y nadie se lo habría reprochado. Un padre que ve a su hijo en una cama de terapia intensiva tiene todo el derecho del mundo a odiar. Y sin embargo Sergio eligió otra cosa, más difícil y más valiente. Se sentó, con el dolor todavía en carne viva, frente a esos pibes que le habían destrozado la vida. No fue el abrazo de una película: fue un proceso durísimo, de meses, de idas y vueltas, de preguntas sin respuesta. Y de ahí, de ese barro, nació una bicicletería social4. Sergio es albañil, no mecánico: no fue él quien les puso el oficio en las manos. Hizo algo quizá más difícil: les dio la idea y les generó el espacio, ese lugar donde volver a empezar. Hace más de siete años que esa bicicletería funciona, y por ahí pasaron decenas de historias reparando sus vidas, sus vínculos con el barrio, con la ciudad entera. El mismo hombre que tenía todos los motivos para pedir cárcel eligió abrirles una puerta. No leyó ningún tratado de derecho; entendió con el cuerpo que al daño se le puede responder construyendo en lugar de destruyendo.

La justicia del sentido común

Eso, para mí, es la justicia del sentido común: la que se anima a preguntar cómo hacemos para que el daño no se repita, en vez de limitarse a apilar dolor sobre el dolor. Por eso insisto tanto, aunque suene a contracorriente: lo contrario a la inseguridad no es la seguridad, es la convivencia. Tanto pedido de mano dura, y casi nadie se anima a la apuesta más difícil, que es la de dar una mano. La reincidencia es el mayor de los flagelos, es cierto; pero no se desarma con más rejas, se desarma con trabajo, con dignidad, con la posibilidad real de volver a tejer un lugar entre los demás, de reintegrarse a una comunidad que vuelva a contar con uno. Y acá quiero ser clara, porque a veces todo esto se escucha solo del lado de quien ofendió: cuando alguien no reincide, las primeras protegidas son las víctimas que ya no va a haber, las que nunca van a tener que golpear la puerta de un tribunal. Cada pibe que suelta el arma y agarra una herramienta es un barrio que respira distinto, una madre que no va a llorar, una comunidad que recupera algo de paz. Eso también es reparación. A la víctima real ningún castigo le devuelve lo perdido —lo sé en carne propia—; pero saber que del daño nació algo que protege a otros, que el horror no se multiplicó, consuela de un modo que ninguna condena alcanza. La convivencia no es tenerle lástima al que ofendió: es cuidarnos todos, sobre todo a los que sufrimos.

Sin romantizar el infierno

No vine a romantizar nada: no lo hagamos. La cárcel sigue siendo lo que las personas que la habitan llaman «el mismísimo infierno». Hacinamiento, malos tratos, alguien rogando durante un mes que lo lleven a un hospital, y así una lista que no termina. Yo no defiendo ese lugar; tal como está, creo que no sirve para nada. Lo que sí me permito es mirar y reflexionar sobre las personas que hoy duermen ahí adentro: verlas como personas, no únicamente como monstruos. Y esa misma mirada me enseñó que de ese infierno también se puede salir distinto, si del otro lado hay alguien dispuesto a escuchar.

Una esperanza con datos y con cuerpos

La esperanza no es ingenuidad. La mía no es la de quien mira para otro lado: es la de quien sobrevivió a su propio dolor y eligió, igual, seguir sembrando. Una esperanza con datos y con cuerpos, sostenida de a un corazón por vez. En estos años aprendimos a ser un puente: a no decirle a nadie cómo tiene que vivir, sino a acompañar, a escuchar qué necesita, a estar cuando ya parecía que todo estaba perdido.

Si algo me enseñaron Liberté, esos pibes de la bicicletería y cada persona que se animó a reparar lo que parecía irreparable, es esto: el miedo levanta muros, y la esperanza, despacio, levanta comunidad. La elijo todos los días, aun cansada, aun a contramano. Porque donde otros ven descartables, yo vi gente volviendo a la vida. Y nunca, nunca, se sale igual a como se entró.


Notas

  1. Cooperativa de Trabajo Liberté: experiencia autogestionada nacida como taller solidario en 2014 en la Unidad Penal 15 de Batán (Servicio Penitenciario Bonaerense) y constituida como cooperativa de trabajo en 2022; integrada mayoritariamente por personas privadas de su libertad, articula trabajo, educación y prácticas restaurativas.
  2. El dato de 0% de reincidencia proviene del testimonio de la autora en la entrevista radial de Splendid AM 990 (2026): «después de diez años de trabajo, 0% de reincidencia y 0% de reiterancia». [Diana: confirmá el medio/la cita y, si querés, precisá a qué universo de personas aplica.]
  3. Víctimas por la Paz (VxP): agrupación de víctimas de delitos con mirada restaurativa, surgida en 2017 en el marco de la Asociación Pensamiento Penal; lejos de reclamar el endurecimiento de las penas, trabaja por la reparación, el encuentro y la convivencia.
  4. El caso de la bicicletería social de Tandil fue relatado por la autora en esa misma entrevista de Splendid AM 990. [Diana: confirmá la fuente y los detalles del caso.]

Diana E. Márquez
Coordinadora Nacional de Víctimas por la Paz
Presidenta de la Sociedad Argentina de Justicia Restaurativa (SAJuR)
Secretaria de la Cooperativa de Trabajo Liberté

Seguir leyendo

Rehumanizar el conflicto en la era de la automatización

Rehumanizar el conflicto en la era de la automatización

La justicia restaurativa como respuesta cultural al endurecimiento punitivo en tiempos de automatización y lógica algorítmica. Tres apuestas: la soberanía sobre el propio dolor, la amabilidad como medida de la justicia y comunidades que se reparan desde adentro.

Leer más
Punto de Paz: poner la mesa para la convivencia

Punto de Paz: poner la mesa para la convivencia

En la Unidad 15 de Batán abrimos el primer restaurante restaurativo intramuros. No es solo un lugar donde se come bien: es una forma de demostrar que, aun en el encierro, se puede producir trabajo, dignidad y reparación.

Leer más