Más allá del odio y del asco: una mirada restaurativa sobre los delitos contra la integridad sexual
Salir de la rabia y el asco para mirar de verdad los delitos contra la integridad sexual: datos, cinco mitos por desarmar y por qué la esperanza ahuyenta al miedo.
Hablar de los delitos contra la integridad sexual es, antes que nada, aceptar un desafío. Porque nos cuesta —como sociedad y a veces también en lo personal— salir de las primeras sensaciones de rabia, de asco, de ese pedido casi reflejo de venganza que hoy llevamos a flor de piel. Pero si no nos animamos a poner la lupa, si no nos atrevemos a desagregar, lo único que hacemos es esconder el problema detrás de un muro, igual que escondemos a las personas detrás de los muros de la cárcel.
Cuando me invitan a conversar sobre este tema lo primero que advierto es ese desafío: el de desagregar los delitos y mirarlos uno por uno, ya sea robo, delito contra las personas, delito contra la integridad sexual. Tendemos a hacer tabla rasa sobre todos los delitos, igual que tendemos a meter a las personas en prisión y dejar de mirarlas. Y sobre los delitos sexuales en particular, esa dificultad se intensifica, porque son delitos que parten aguas, que dan lugar a que la venganza se sienta amparada, casi aceptada, casi «lo justo». Pero la verdad es que no lo es, y lo digo en primera persona.
Conviene entonces traer una idea fundante de la Justicia Restaurativa. Nils Christie, uno de sus inspiradores, definió la punitividad como la capacidad de infligir dolor, de sumar dolor al dolor. Y ahí entran a jugar roles muy relevantes: los discursos públicos, los medios de comunicación, los climas de época. Porque el delito y su tratamiento son construcciones culturales. No en todo tiempo y en todo lugar el delito recibió la misma sensación, la misma respuesta. Hoy convivimos con discursos y deconstrucciones que han hecho que el fenómeno —al menos como lo selecciona el Poder Judicial— se vea de una manera particular, y eso no es casual: tiene que ver con movimientos virtuosos, como los movimientos feministas, que pusieron sobre la mesa derechos, hábitos y conductas que dábamos por sentadas. Hubo una fractura saludable en la mirada social. Hay chistes que ya nos atrasan cincuenta años, otros que ya no queremos hacer porque no nos representan. Todo eso configuró un nuevo escenario y fundamentalmente dejó expuesto más crudamente al patriarcado.
Ahora bien, sobre estos temas prefiero hablar con datos, el dato objetivo de las estadísticas, aunque en Argentina las estadísticas sean siempre una dificultad. Para ello hay que mirar al menos tres registros, al decir de Olaeta1: la persecución que registran las fuerzas de seguridad, las sentencias condenatorias y la población carcelaria. Y aquí va una advertencia básica: el sistema penal no representa la realidad del delito, sino la realidad del sistema penal. Esto explica mucho. Los delitos económicos, por ejemplo, no llegan. Lo que llega es lo que el sistema decide perseguir.
Veamos los números2. En el año 2002 los delitos contra la propiedad representaban el 70% de los delitos registrados; para 2022 ese porcentaje había bajado al 51%. Los delitos contra la integridad sexual pasaron del 0,6% al 2% en el mismo período. Dicho de otro modo: la tasa de robos disminuyó un 25%, la de homicidios dolosos cayó un 55%, y la tasa de delitos contra la integridad sexual creció un 234%, mientras el abuso sexual subió un 86%. Y si miramos las condenas, el contraste es aún más fuerte: las condenas por homicidio doloso crecieron un 88%, las de delitos contra la integridad sexual un 452%, y las de abuso sexual un 647%. Son cifras impactantes que hablan, o bien de un silenciamiento brutal previo a 2002, o bien de un incremento exagerado en la persecución actual. Probablemente, de las dos cosas a la vez.
Estos veinte años fueron también años de mayor visibilización y sensibilidad social, con la militancia virtuosa contra las violencias de género que tuvo su pico más visible en el Ni Una Menos de 2015, y con reformas institucionales que crearon oficinas de asistencia a la víctima, fiscalías especializadas y nuevas formas de generar información en la materia. Si todo esto aporta una solución de fondo al sistema o es apenas un eslabón de una política criminal por momentos voluntarista, está por verse. A mí, esta fe persistente en el discurso penal me genera no dudas, sino certezas de que por ahí no es el camino, o al menos no el único. Porque si el resultado es que cada vez hay más personas presas por estos delitos, alguna pregunta tendremos que hacernos sobre qué estamos haciendo con esas personas. Si seguimos pensando que con ellas no hay nada por hacer porque son monstruos, dejamos de mirar y dejamos de hacer. Y no hay abismo más profundo que el de una sociedad que, para no ver el horror, elige cerrar los ojos.
Cinco mitos que conviene desarmar
Hay, a mi entender, cinco mitos que se repiten cuando se habla de quienes cometen este tipo de delitos: que tienen las tasas más altas de reincidencia; que son irrecuperables y que hay que aislarlos; que son enfermos mentales con perversiones; que fueron previamente victimizados sexualmente ellos mismos; y que estos delitos suceden fundamentalmente entre desconocidos. Mirémonos con números y con experiencia.
Sobre la reincidencia: una investigación de la UBA entre 2015 y 2020 muestra que la tasa de reincidencia de personas que vuelven a cometer un delito contra la integridad sexual es del 0,1%3. El contraste con la representación social es notable. La tasa global de reincidencia, sin desagregar, ronda el 25%, pero cuando se la abre se ve que en delitos contra la propiedad es del 5,5%, en delitos dolosos contra las personas del 1,4%, y en delitos contra la integridad sexual es mínima. La serialidad de la que tanto se habla, en estos casos, no es real.
Hay además una tasa muy soslayada y muy dura, y es la cantidad de personas inocentes condenadas por este tipo de delito. Lo afirmo porque cuando trabajamos con grupos de veinte a treinta personas condenadas por estos hechos, una o dos siempre han resultado inocentes —que no han podido demostrarlo, que siguen intentándolo con mejores defensas, que buscan revisión de causa—. La verdad en los delitos de agresión sexual es siempre una verdad construida y a la vez una verdad real, atravesada por una complejidad enorme: son delitos que ocurren, en su gran mayoría, intrafamiliarmente, puertas adentro, entre personas conocidas. Y eso vuelve dificilísimo probar tanto la culpabilidad como la inocencia.
En este punto conviene detenerse. El miedo de un padre o una madre cuya hija adolescente vuelve sola de bailar está, estadísticamente, mal ubicado. Lo más probable es que el peligro esté del otro lado de la mesa familiar. Estos delitos se dan, en forma mayoritaria, en la endogamia, en el círculo más íntimo, en relaciones donde existe algún tipo de confianza previa. No reconocer ese dato es seguir mirando hacia donde no está pasando lo que decimos querer evitar.
El mito del enfermo perverso
Otro de los mitos que aparece con frecuencia en la conversación pública es el que sostiene que quienes cometen estos delitos son enfermos mentales con perversiones. Es una categoría que los coloca en una repisa aparte, casi una excepción clínica que no nos toca, que no nos pertenece, que no forma parte del entramado social del que también formamos parte nosotros y nosotras. Pero la inmensa mayoría de quienes cometen estos delitos no presentan diagnóstico psiquiátrico alguno. Son padres, padrastros, tíos, vecinos, jefes, compañeros, parejas, amigos. Están integrados a la vida cotidiana, a las familias en las que el delito ocurre, a las redes de afecto que la víctima reconoce como propias.
Llamarlos «enfermos perversos» funciona como una anestesia social. Si son monstruos, entonces no son uno de los nuestros, no estamos formados en la misma cultura, no respiramos el mismo aire. Y eso, de fondo, es falso. Estos delitos crecen en los pliegues del patriarcado, en relaciones desiguales que se naturalizaron durante siglos, en la imposibilidad de ver al otro o a la otra como un igual. Reducir todo a una patología individual nos exime de revisar lo que hay alrededor: la educación, los vínculos, los modelos de masculinidad, la circulación del poder en la familia. Y nos exime también, lo que es peor, de pensar que con esa persona se puede trabajar. Porque a un enfermo perverso solo se lo encierra; con una persona, en cambio, se puede dialogar, exigir responsabilización, intentar transformación.
El mito del círculo de la victimización
El otro mito es quizás el más delicado, porque parece tener un costado de explicación compasiva pero termina siendo profundamente injusto: el que afirma que quienes cometen estos delitos fueron, ellos mismos, previamente victimizados de la misma manera. Como si hubiera una cadena automática, una transmisión casi hereditaria del daño que convertiría a toda víctima en victimaria potencial.
Lo digo desde mi propia biografía y lo digo con todas las letras: yo soy víctima de abuso sexual infantil y no me convertí en victimaria. Como yo, miles y miles. La inmensa mayoría de las personas que sufrimos abuso en la infancia no reproducimos ese daño en otros y otras. Este mito, además de ser empíricamente débil, tiene dos efectos que conviene desmontar. Por un lado, reviste al ofensor de una víctima imaginaria que termina justificando o atenuando lo que hizo, en una lógica de «él o ella también sufrió». Por el otro —y esto es lo que más duele— carga sobre las víctimas reales un miedo adicional, el miedo a «convertirse en», a llevar dentro una bomba de tiempo que no llevamos. El delito sexual es un fenómeno multicausal, atravesado por la cultura patriarcal, las relaciones de poder, los entramados familiares concretos. Reducirlo a la trayectoria individual de cada persona ofensora, buscando en su pasado una coartada explicativa, es seguir mirando el árbol y no el bosque.
Que son irrecuperables, otro mito
Aislar a una persona nunca sirvió para nada en ningún tipo de delito, y tampoco con este. La recuperación va de la mano de entender —no de justificar, de entender— qué es lo que pasa por la cabeza y la emoción de quien comete este tipo de hechos. Y entendiendo se puede transformar, y se puede responsabilizar. No en todos los casos, ni con las mismas técnicas de abordaje.
Hay un caso que me marcó particularmente: en un grupo de trabajo una persona dijo «yo abusé de una chica de doce o trece años porque su padre había dañado a mi esposa, entonces yo dañé a su hija». Sintetizando mucho aquel proceso, con mi equipo terminamos viendo que aquello era, al final del día, un tema de venganza llevada al extremo, una venganza más de las que vemos a diario. A esa persona se la debe tratar, sí, para que no cometa otra agresión sexual, pero también, y sobre todo, hay que trabajar con ella su manera de manejar la ira, la noción de daño, de otredad, la capacidad de incorporar el daño cometido sobre la víctima inocente, su capacidad de responsabilizarse. No estoy en condiciones de afirmar si este caso representa el 80% o el 50% del universo. Pero es un caso que existe, y solo se ven estos matices si se trabaja caso por caso. De lo contrario, hacemos generalidad y todo termina en la categoría de «perversos e irrecuperables». El daño es siempre terrible, no hay duda, pero las alternativas en las que se da este tipo de delito son muchísimas, y quienes pensamos en generar responsabilizaciones tenemos que ir a trabajar con esas personas.
En España, por ejemplo, hay programas interesantes para el tratamiento de ofensores sexuales: requieren sentencia firme, ausencia de problemas graves de salud mental, cierta cercanía al cumplimiento de la condena. Son programas psicoeducativos que trabajan la historia personal, las emociones, la impulsividad, y muy especialmente la empatía con las víctimas. Una vez que se atraviesa la coraza de la venganza, la impulsividad y la ira, recién ahí se puede llegar al terreno de la responsabilización genuina y de la empatía. Y allí hay algo enorme por hacer.
El folclore de la cárcel y el espejo social
Suele aparecer, en las conversaciones públicas, una sentencia disfrazada de chiste: «que lo violen cuando entre a la cárcel». Tras tantos años de recorrer cárceles puedo afirmarlo: eso es más folclore que realidad. Pero lo más tremendo no es discutir si pasa o no pasa. Lo más tremendo, desde mi punto de vista, es dónde nos pone a nosotros como sociedad: estamos condenando un acto aberrante y al mismo tiempo deseando exactamente eso mismo para quien lo cometió. Estamos esperando lo idéntico a lo que decimos repudiar.
Quienes hemos sido víctimas casi nunca haríamos lo que la sociedad cree que deberíamos hacer. Algo similar ocurre con los linchamientos: un grupo de vecinos detiene a alguien que está por entrar a robar a una casa y termina matándolo en la puerta. Los que estaban impidiendo el delito se convierten en homicidas, todo amparado en una supuesta «defensa social». La línea es delgadísima. Y entre quienes hoy están presos por linchamientos también hay personas con las que hay que trabajar, y aparecen arrepentimientos genuinos y un trastocamiento de valores que duele mirar.
Hay algo que repito y que sostengo: una persona no es igual al peor acto que cometió en su vida. Y, por otro lado, las víctimas tampoco queremos que aquello que nos pasó nos defina la vida entera, ni convertirnos en lo peor de una sociedad que muchas veces está rota y no nos ayuda a sanar.
La esperanza, siempre
Quiero cerrar como abrí, advirtiendo el desafío y la dificultad de desagregar delitos como estos, que parten aguas y que dificultan tanto introducir racionalidad e información. Pero insisto: la esperanza siempre ahuyenta al miedo. Y mi esperanza no es vana, no es ingenua. Es una esperanza que parte de haber trabajado, de haber ido hacia los lugares donde la humanidad —tal como la conocemos— parece haberse perdido. Es en esa oscuridad, en ese lugar tan difícil que son las cárceles y las personas que han generado mucho daño, donde creo que uno puede hacer la diferencia. La diferencia para esa frase tan importante que nos atraviesa a quienes integramos Víctimas por la Paz: no quiero que a otros les pase lo que me pasó a mí.
Estos no son temas cerrados. Son, sobre todo, temas para hacernos preguntas. Y agradezco siempre a quienes están dispuestos a escucharlas con la capacidad de procesar, de seguir pensando, de no quedarse en la primera reacción. Porque ahí, en ese seguir pensando, es donde empieza a abrirse un camino distinto.
Notas
- Hernán Olaeta (UBA-UNQ), Punitivismo selectivo en Argentina. ¿Hacia una nueva composición del sistema penal? Un análisis desde las estadísticas oficiales. Años 2002-2022, elaborado sobre las series oficiales del SNIC (Sistema Nacional de Información Criminal), SNEJ (Sistema Nacional de Estadísticas Judiciales) y SNEEP (Sistema Nacional de Estadísticas sobre Ejecución de la Pena). ↩ volver al texto
- Los datos sobre evolución de delitos registrados, condenas y población carcelaria entre 2002 y 2022 corresponden al trabajo de Hernán Olaeta citado en la nota 1. ↩ volver al texto
- El dato sobre la tasa de reincidencia del 0,1% en delitos contra la integridad sexual proviene de la presentación del Lic. Miguel Assis en el marco del proyecto DECYT — DCT2201 «Punitivismo selectivo. Análisis de los procesos de criminalización en materia de delitos contra la integridad sexual y Ley de estupefacientes. República Argentina. Años 2015-2020», Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. ↩ volver al texto
Estos temas también los conversé en Periodismo a Contramano. Dejo acá la charla completa, para quien quiera seguir pensando en voz alta conmigo.
Diana E. Márquez
Presidenta de la Sociedad Argentina de Justicia Restaurativa (SAJuR)
Coordinadora Nacional de Víctimas por la Paz
Secretaria de la Cooperativa de Trabajo Liberté
Directora del Área de Justicia Restaurativa de la Asociación Pensamiento Penal
Especialista en Justicia Restaurativa
Abogada y Escribana (UNLP), Mediadora Prejudicial (MJBA), Especialista en Mediación Familiar (CIJUSO)